
Cada verano parece recordarnos que tenemos un problema. Las olas de calor son cada vez más frecuentes, aumenta el uso del aire acondicionado y, paradójicamente, cuanto más necesitamos refrigerarnos, más energía necesitamos consumir para conseguirlo. En invierno sucede algo parecido, pero a la inversa: calentamos enormes volúmenes de aire para mantenernos confortables.
Quizá deberíamos empezar a plantearnos si estamos intentando resolver el problema desde el lugar equivocado.
Nuestra forma habitual de entender la climatización consiste en modificar la temperatura del espacio que nos rodea. Si tenemos frío, calentamos una habitación. Si tenemos calor, la enfriamos. Y para conseguir que una sola persona esté confortable podemos llegar a climatizar decenas o cientos de metros cúbicos de aire.
Además, el aire tiene la incómoda costumbre de no quedarse donde queremos. Abrimos una ventana o una puerta y parte de toda la energía que hemos empleado en calentarlo o enfriarlo se pierde.
Imaginemos ahora algo diferente.
Un submarinista tiene que trabajar durante horas en aguas muy frías. ¿Qué tendría más sentido: intentar calentar el mar o proteger térmicamente al submarinista?
La respuesta parece absurda de tan evidente. Nadie intentaría modificar la temperatura de millones de litros de agua para proporcionar confort a una sola persona. Sin embargo, salvando las distancias, es precisamente lo que hacemos constantemente en nuestros edificios.
«Es inútil hacer con más aquello que puede hacerse con menos.»
— Guillermo de Ockham
Tal vez deberíamos cambiar la pregunta.
En lugar de preguntarnos cómo conseguir que nuestro entorno tenga una temperatura confortable, podríamos preguntarnos cómo conseguir que nosotros estemos confortables independientemente de la temperatura del entorno.
Actuar sobre la percepción térmica.
La medicina conoce bien un principio parecido. Cuando no puede eliminar la causa de determinados dolores, puede actuar sobre los mecanismos que hacen que ese dolor sea percibido. La causa continúa existiendo, pero cambia nuestra experiencia de ella.
Nuestro organismo también dispone de receptores que nos permiten percibir el frío y el calor. ¿Podríamos aprender a intervenir sobre esa percepción?
Existe, por supuesto, un límite fundamental. No podemos confundir confort con seguridad. Una temperatura extrema puede provocar hipotermia o hipertermia independientemente de que consiguiéramos modificar nuestra percepción. Sentir calor o frío es también un mecanismo de protección y eliminar esa señal en condiciones peligrosas sería precisamente lo contrario de una solución.
Pero entre una temperatura peligrosa y aquella que consideramos confortable existe un territorio enorme.
Podemos desarrollar perfectamente muchas de nuestras actividades a 15 °C sin necesitar necesariamente que toda una habitación esté a 22 °C. Y ahí quizá se encuentre una de las claves de la climatización del futuro.
Ni siquiera tendría que tratarse exclusivamente de intervenir directamente sobre nuestros receptores. Podemos imaginar tejidos inteligentes, dispositivos personales de calefacción y refrigeración, sistemas radiantes extremadamente localizados o tecnologías capaces de actuar sobre determinadas zonas del cuerpo que tienen una gran influencia sobre nuestra sensación térmica.
La naturaleza, de hecho, lleva millones de años resolviendo el problema de otra manera. Los animales no calientan el bosque ni refrigeran la sabana: desarrollan mecanismos para adaptarse al entorno. Pelaje, plumas, grasa, madrigueras, cambios metabólicos, migraciones o comportamientos colectivos forman parte de esas estrategias.
El futuro de la climatización
Quizá nosotros hemos seguido el camino contrario porque durante décadas hemos dispuesto de energía suficiente para hacerlo.
Ante un futuro en el que climatizar miles de millones de edificios será cada vez más costoso energética y ambientalmente, quizá deberíamos dedicar más esfuerzo a otra pregunta.
¿Y si la climatización del futuro no consistiera únicamente en cambiar la temperatura del mundo que nos rodea?
Quizá ha llegado el momento de dejar de climatizar espacios y empezar a climatizar personas.